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Tras el ángel caído |
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Capítulo 4Marco Gasso aparcó el coche en el garaje, subió andando la rampa y salió a la calle. Tardó unos segundos en decidir si se tomaba una copa en algún bar de la calle de La Estrella. Finalmente optó por ir directamente a casa, no estaba para la sociedad.La calle de Santa Catalina estaba tranquila, como habitualmente. Entró en el portal y subió andando los cuatro pisos que lo separaban de la puerta de casa. "Así haces ejercicio, Marco, que lo necesitas" -pensaba mientras subía. Abrió la puerta y dejó la bolsa y la gabardina sobre la cama. La casa de Gasso era amplia, con 3 habitaciones, un gran salón, una sala, un estudio, cocina y 3 baños, legado de sus padres que ahora vivían de nuevo en Argentina. Se dirigió al estudio y encendió el portátil. Mientras se cargaba el sistema buscó en su biblioteca todo lo que pudiera proporcionarle una pista sobre lo que buscaba: libros sobre templarios, masones, teorías apocalípticas (incluida la Biblia abierta por el Apocalípsis)... y los depositó sobre la mesa. Cuando hubo terminado de cargar, accedió al servidor de correo electrónico, desechó mensajes basura y reenviados inútiles y se quedó con tres: uno de Virginia, su hija de 16 años, otro del Padre Quintana (lo cual era extraño porque siempre utilizaba el teléfono) y otro de un tal Jordi Sants, a quien no conocía de nada. Virginia vivía con en Pontevedra, donde Lidia había conseguido trabajo en el museo. Al parecer iba a ir con su madre al funeral de Belleu con lo cual podría aprovechar para verle y quizás pudiera quedarse con él el fin de semana. Gasso estuvo tentado a contestar inmediatamente pero pensó que sería mejor trabajar primero. Abrió después el de Quintana. "Estimado amigo Como ve he decidido modernizar mis medios de contacto con usted. Confío en que vía e-mail pueda proporcionarme informes lo más frecuentemente posible. Comprenda que cualquier progreso puede ser crucial en esta investigación. Además, me he tomado la libertad de darle su dirección de correo electrónico a un amigo mío y colega suyo Jordi Sants, con quien he tenido la oportunidad de hablar del tema que nos ocupa. Dice tener ciertos archivos que le pueden resultar útiles. Espero que no le moleste. Saludos Padre Manuel Quintana" A Gasso le resultó que aún habiendo renunciado a los votos sacerdotales el antiguo cura siguiera firmando como "Padre Manuel Quintana". Por lo menos ya sabía quien era el tal Jordi Sants que remitía el tercer correo: "Querido colega Espero que no le moleste que el Padre Quintana me haya proporcionado esta dirección, pero he tenido la fortuna de que me contara en qué consistía la investigación que está realizando para él. En mis investigaciones he recopilado ciertos archivos que le pueden ser de utilidad en la suya. Mañana día 7 por la tarde estaré en Vigo, en la facultad de Filología junto con otros profesores participando en un coloquio sobre lenguas "oscuras" en la edad media. Confío en que pueda ponerme en contacto con usted durante el coloquio para proporcionarle los mencionados archivos y conocer al hombre que tanto admira mi amigo Manuel. Jordi Sants Dpto. Historia Medieval" "Extraña coincidencia..." Gasso sabía, por experiencia, que no era bueno hacer caso omiso de las recomendaciones de un cliente. Pero aquello le parecía sospechoso. Llamó al Padre Quintana y éste le confirmó lo que le había dicho en el correo electrónico letra por letra. Después confirmó vía página de la Universidad de Vigo la celebración de la charla en el lugar y hora anunciados por Sants y descubrió que entre los participantes había uno muy familiar: Hernán Figueroa. Acto seguido cogió el teléfono y marcó un número: - ¿Diga? - Sara, soy Marco Gasso: ¿Te acuerdas de mi? - Sí, y no soy ninguna niña, puedes hablarme como a una persona normal. - Perdona... ¿Está tu padre? - Está cenando... espera que le aviso... - Ok, gracias. Sara era la hija mayor de Hernán Figueroa. Un minuto después la voz del profesor apareció al otro lado de la línea. Gasso le contó lo del profesor Sants y le preguntó qué sabía de él. Figueroa no lo conocía mucho pero sí había escuchado que era un apasionado, como él de las órdenes de caballería. Acordaron que el detective recogería al profesor en su casa antes de comer y que irían juntos al coloquio. Colgó el teléfono y se fue al salón, donde se sirvió una copa de whisky del mueble-bar. Luego se frió un huevo de cena y se puso a estudiar los libros que tenía sobre la mesa... hasta que el sueño le venció. 05:51 | Centoloman | 0 Comentarios | # Referencias (TrackBacks)URL de trackback de esta historia http://angelcaido.bloxus.com//trackbacks/3359
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